Por primera vez en años, mi suegra se quedó sin palabras. Iván sostuvo el borde de la mesa como si el piso se hubiera movido. Yo no sentí alegría. Sentí una tristeza inmensa al pensar que habíamos tenido que pagar un laboratorio para demostrarle a un hombre que el niño que había arrullado desde recién nacido era suyo.
—Esto debe ser un error —murmuró doña Ofelia—. Tal vez confundieron las muestras.
—Las muestras están verificadas —replicó el médico—. El resultado es concluyente.
Iván volteó hacia su madre.
—¿Por qué dijiste que Rocío me engañaba? ¿Qué sabías de mi enfermedad?
Ella lo tomó del brazo y bajó la voz.
—Hijo, todo lo hice para protegerte. Yo no quería verte atado a una mujer que te llenaba de problemas.
—¿Y Emiliano? —pregunté—. ¿También era un problema cuando te pedía que le leyeras cuentos? ¿Cuando esperó horas a que lo visitaran en el hospital?