Doña Ofelia no me miró. Iván soltó el brazo de su madre, pero tampoco se disculpó. Se limitó a decir que necesitaba tiempo para entenderlo. Esa frase me dolió casi tanto como sus acusaciones. Había tenido años para desconfiar de mí y apenas unos segundos para reconocer a su hijo, pero otra vez pensaba solamente en él.
Al salir, Gabriela me esperaba en la banqueta. Escuchó todo sin interrumpirme y luego me acompañó al pequeño departamento. Emiliano estaba haciendo un dibujo con mi hermana Ana, que se había quedado a cuidarlo. Había pintado una casa con dos ventanas. En una estábamos él y yo; en la otra no había nadie.
—¿Papá dijo que sí soy su hijo? —me preguntó.
Me arrodillé a su altura y lo abracé.
—Sí, mi amor. Siempre lo has sido.
—Entonces, ¿va a venir mañana?
No pude mentirle.