Con mi primer sueldo completo compré un pastel de chocolate, el favorito de Emiliano. Él pensó que era mi cumpleaños. Le expliqué que celebrábamos poder pagar la renta y sus tratamientos sin pedir permiso a nadie. Bailamos juntos en nuestra cocina diminuta.
No fueron años sencillos. Hubo hospitalizaciones, ajustes de medicamentos y noches enteras vigilando su respiración después de una convulsión. Hubo profesores que no sabían cómo reaccionar y familiares que me aconsejaban buscar a Iván para «darle una figura paterna». Yo siempre respondía lo mismo: mi hijo necesitaba adultos que lo cuidaran, no una presencia obligada que lo hiciera sentirse rechazado.
Iván rara vez llamó. A veces enviaba dinero puntualmente y otras necesitábamos recordarle sus obligaciones. Durante un cumpleaños mandó un videojuego costoso, pero no apareció para partir el pastel. Emiliano lo observó, todavía envuelto, y preguntó: «¿Crees que papá sabe cuántos años cumplí?». No supe qué contestar. Finalmente donamos el regalo a una colecta escolar cuando mi hijo decidió que no quería conservarlo.