Por aquellos años conocí a Andrés, un investigador que colaboraba con el museo en una exposición sobre medicina tradicional y salud comunitaria. La primera vez que me invitó a tomar café, le advertí que yo tenía un hijo y una vida llena de responsabilidades. Él no intentó impresionarme con promesas. Simplemente preguntó a qué hora me convenía y respetó mi respuesta.
Andrés conoció a Emiliano sin exigirle que lo llamara papá. Acudía a sus presentaciones cuando lo invitábamos y nos llevaba a consulta si necesitábamos transporte. Jamás quiso ganarse su cariño mediante regalos. Su manera de querer, respetuosa y paciente, me parecía extraña después de tantos años de órdenes.
Cuando Emiliano tenía diecisiete años me encontró mirando el anillo que Andrés me había regalado. Temí que le molestara nuestra decisión de casarnos. En cambio, me dijo: «Mamá, tú me enseñaste a no dejar de vivir por miedo. No renuncies a algo bonito por mí». Nos casamos en una ceremonia pequeña.