Un año después nació Sofía. Yo tenía cuarenta y cinco años y el embarazo requirió especial cuidado. Andrés me acompañó a cada revisión. Emiliano, que preparaba su ingreso a medicina, fue el primero en cargar a su hermanita. Al verlos juntos comprendí que nuestra familia existía, aunque era muy distinta de la que había imaginado años atrás.
Emiliano entró a medicina porque recordaba a los profesionales que lo habían acompañado durante su enfermedad y también a quienes lo trataron como una molestia. «Quiero ser de los médicos que escuchan antes de juzgar», me dijo. Guardé esas palabras como un tesoro.
Mucho después, mientras paseaba con Sofía por un parque cercano al museo, escuché una voz que creí enterrada en el pasado.
—Rocío, ¿eres tú?
Era doña Ofelia. Caminaba más despacio, con el cabello casi blanco, pero conservaba aquella mirada inquisitiva. Observó mi anillo y la carriola. Le conté que me había vuelto a casar y que Emiliano estudiaba medicina, llevaba años sin crisis y estaba bien.