—Qué bueno —murmuró—. Mi Iván no ha tenido tanta suerte. Alejandra se fue hace tiempo. Él vive solo y casi no me visita. No tuvieron hijos. Yo le digo que se equivocó contigo. A veces se acuerda del niño.
Sentí un nudo en el pecho, no por nostalgia, sino por el descaro de llamarlo «el niño», como si no tuviera nombre. Le pregunté por qué me había ocultado la historia de las paperas y por qué, sabiendo que no existían pruebas de esterilidad, había insistido tanto en acusarme.
Doña Ofelia bajó la mirada por unos instantes.
—Yo veía a Iván cansado. Alejandra le gustaba. Tú siempre estabas en hospitales, todo giraba alrededor de Emiliano. Pensé que si se iban, él podría empezar de nuevo. Y creí que la enfermedad de las paperas era suficiente para dudar.
—Entonces no buscaba proteger a su hijo de una mentira —respondí—. Quería que una mentira le sirviera para librarse de nosotros.