—Una madre hace cosas desesperadas por la felicidad de su hijo.
—Una madre también sabe que no se abandona a un pequeño cuando está enfermo. Usted me obligó a vivir eso, y después me llamó mala mujer por no aceptar sus acusaciones.
Su rostro se endureció, pero ya no tenía el poder de intimidarme. En ese momento vi a Emiliano acercarse desde la entrada del parque. Venía a reunirse con nosotros después de sus clases y saludó a Sofía con una sonrisa. Doña Ofelia lo reconoció por sus ojos.
—¡Emiliano! Soy tu abuelita Ofelia. Mira cuánto has crecido, mi cielo. Tu papá y yo hemos pensado mucho en ti.
Mi hijo se quedó inmóvil. Yo sabía que recordaba su voz y las noches en que pasaba frente a ella intentando conseguir una caricia. Doña Ofelia estiró las manos, pero él no se acercó.