—Sí, mamá. Pero no porque la extrañe. Me duele imaginar al niño que fui creyendo que tenía que curarse para merecer amor. Ojalá pudiera decirle que nunca tuvo que ganárselo.
Lo abracé como aquella noche en que Iván nos echó. Pero ahora Sofía correteaba alrededor de la mesa, Andrés terminaba la cena y Emiliano contaba sus experiencias en el hospital. Habíamos llegado hasta allí sin esperar que nadie volviera a elegirnos. Nosotros habíamos elegido cuidarnos cada día.
Entonces entendí lo que doña Ofelia nunca comprendió. Ella había querido conservar a su hijo a cualquier precio, incluso destruyendo el futuro de su nieto. Yo había acompañado al mío para que pudiera caminar libre, aunque algún día eligiera un camino lejos de mí. Porque amar a un hijo no es retenerlo bajo el mismo techo: es enseñarle que jamás necesita pedir perdón por existir.