—Eso era lo que quería escuchar —dije.
Rodrigo frunció el ceño.
Metí la mano en mi bolso y apagué la grabadora.
El pequeño clic fue suficiente.
Su rostro se desfiguró.
—¿Qué hiciste?
Me levanté.
—Terminaste de destruirte tú solo.
Rodrigo intentó agarrarme.
No alcanzó a tocarme.
—¡Policía! ¡Manos donde podamos verlas!
Cuatro agentes entraron desde distintos puntos de la cafetería.
Rodrigo retrocedió.
—¡Esto es una trampa!
—Es una investigación —respondió uno de los agentes.
Lo esposaron junto a la mesa.
Gritó mi nombre mientras lo sacaban.
En la calle esperaba otra unidad.
Dentro estaba Beatriz.
Cuando vio a su hijo esposado comenzó a insultarlo.
—¡Todo esto es por tu culpa! ¡Te dije que no hablaras!
Rodrigo se volvió hacia ella.
—¡Tú conseguiste todo!
Se acusaron mutuamente durante varios minutos.
Aquella fue quizá la imagen más triste de todas.
Una madre y un hijo unidos durante años por el dinero, destruyéndose el uno al otro en cuanto comprendieron que ya no podían salvarse.