—¡Todo se salió de control!
Varias personas voltearon.
Rodrigo bajó la voz.
—Mi mamá consiguió la sustancia. Dijeron que parecería una crisis repentina. Nadie debía sospechar.
Ahí estaba.
La confesión.
Pero necesitaba que siguiera hablando.
—¿Y tú qué hiciste?
Sus ojos se llenaron de rabia.
—¿De verdad quieres escuchar esto?
—Sí.
—Yo se la administré.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Aun sabiendo la verdad, escucharla de su propia boca fue diferente.
—¿A tu propio hijo?
—Necesitábamos el dinero.
—Tú necesitabas el dinero.
—¡Era lo mismo! Si la empresa desaparecía, lo perdíamos todo.
—Emiliano tenía un año.
Rodrigo golpeó nuevamente la mesa.
—¡Podíamos tener otro hijo!
Durante un segundo no escuché nada.
Ni las tazas.
Ni la música.
Ni las conversaciones.
Solo aquella frase.
Podíamos tener otro hijo.
Como si Emiliano fuera un objeto reemplazable.
Como si su vida pudiera anotarse en una hoja de cálculo.