Rodrigo se quedó inmóvil.
—No sé de qué estás hablando.
Saqué una copia de la póliza.
La puse sobre la mesa.
—Treinta millones de pesos si nuestro hijo moría en determinadas circunstancias. Mi firma es falsa.
Su rostro se endureció.
—Eso lo manejó mi mamá.
—El dinero iba a tus cuentas.
—Era para proteger a la familia.
—¿Matando a tu hijo?
—¡Yo no quería matarlo!
Fue la primera grieta.
Me incliné hacia delante.
—Entonces dime qué querías.
—No me pongas palabras en la boca.
—Emiliano estuvo a minutos de morir.
—Pero no murió.
La frialdad con que lo dijo me atravesó.
—¿Eso te tranquiliza?
Rodrigo se pasó las manos por el cabello.
—Tú no entiendes en qué situación estaba.
—Explícame.
—Me estaban amenazando.
—¿Quiénes?
—Personas a las que debía dinero.
—¿Y por eso decidiste sacrificar a un niño de un año?