Eligió una cafetería discreta en Polanco.
Llegué con una pequeña grabadora autorizada por los investigadores y un dispositivo oculto que transmitía la conversación.
Rodrigo ya estaba sentado.
Había envejecido diez años en dos días.
—¿Dónde está Emiliano?
—Seguro.
—Mariana, necesito que arregles lo del banco.
No preguntó cómo estaba su hijo.
Preguntó por el dinero.
Me senté frente a él.
—¿Cuánto debes?
—Eso no importa.
—Importa si quieres que vuelva a respaldarte.
Su mirada cambió.
Había conseguido su atención.
—Veintidós millones —admitió.
—¿A bancos?
Guardó silencio.
—Rodrigo.
—Una parte.
—¿Y el resto?
Apretó los dientes.
—Préstamos privados.
—¿Por apostar?
Golpeó la mesa.
—¡Yo iba a recuperarlo! Tuve una mala racha, nada más.
—¿Con veinte millones?
—La empresa necesitaba efectivo. Las apuestas eran una forma rápida de multiplicarlo.
Casi me reí.
—¿Y tu solución fue Emiliano?