—Seguramente.
Mi padre había colocado a dos agentes de civil cerca del pasillo.
No podían detenerla todavía por aquella frase, pero ya tenían otro elemento que demostraba que conocía un contrato que supuestamente debía ignorar.
Beatriz se marchó furiosa.
Esa misma tarde la policía registró la casa con autorización judicial.
Encontraron restos de la misma sustancia mencionada en el informe médico, documentos del seguro, recibos relacionados con la compra clandestina y una computadora desde la que se habían creado archivos con mi firma digital falsificada.
Cuando mi padre me llamó, cerré los ojos.
Por primera vez desde el cumpleaños pude respirar profundamente.
Pero todavía faltaba Rodrigo.
Los investigadores querían una confesión que uniera las piezas.
Y Rodrigo estaba desesperado.
Era el momento perfecto.
Le envié un mensaje.
“Necesitamos hablar antes de que esto destruya a los tres. Solo tú y yo.”