No quería convertirme en heroína de nadie.
Solo sabía lo que significaba dormir junto a una persona y descubrir demasiado tarde que no la conocías.
Una tarde llegó una mujer joven llamada Fernanda.
Tenía un moretón escondido bajo el maquillaje y dos niños agarrados de su falda.
—Mi esposo debe dinero —me dijo—. Dice que si lo abandono me va a quitar a mis hijos.
Vi en sus ojos el mismo miedo que yo había sentido aquella noche bajando por la escalera de emergencia con Emiliano pegado al pecho.
Le serví agua.
—Primero vamos a ponerlos a salvo. Después reuniremos pruebas. Y luego veremos qué opciones legales tienes.
Fernanda empezó a llorar.
Yo miré por la ventana.
En el jardín, Emiliano corría detrás de mi padre tratando de alcanzar una pelota.
Estaba sano.
Se reía.
Mi papá fingía que no podía correr más rápido para dejarlo ganar.