Aquello explicaba parte del dinero desaparecido.
—Tus abogados solicitaron pruebas de paternidad porque querías proteger “a tus otros hijos” —dije.
Rodrigo asintió lentamente.
Deslicé los resultados contra el vidrio.
—Ninguno es tuyo.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Valeria también te engañaba.
Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido.
—Emiliano era tu único hijo biológico, Rodrigo.
Vi cómo la frase terminaba de romperlo.
—El único —repetí—. Y fue precisamente al único al que decidiste matar por dinero.
Me levanté.
Rodrigo golpeó el vidrio.
—¡Mariana! ¡Espera!
No volteé.
Un año después del cumpleaños de Emiliano, nuestra vida era completamente distinta.
Me mudé a la casa que había pertenecido a mi mamá, en Coyoacán.
Volví poco a poco al área de salud y utilicé parte de mi herencia para crear una pequeña asociación que ayudaba a mujeres con hijos que necesitaban salir de hogares violentos.