Cerré los ojos y lo abracé todavía más fuerte.
Rodrigo había querido salvar su imperio sacrificando a su hijo.
Al final perdió el dinero, la empresa, la libertad y hasta la familia que decía defender.
Emiliano, en cambio, conservó su vida.
Y yo aprendí que ninguna herencia, ninguna empresa y ninguna cantidad de dinero vale tanto como poder escuchar, cada mañana, el corazón de tu hijo latiendo a salvo entre tus brazos.