Firmé electrónicamente la solicitud.
Tres horas después Rodrigo llegó al hospital cargando una enorme canasta de frutas.
Interpretó al esposo preocupado a la perfección.
—Mi amor, ¿cómo está nuestro niño?
Intentó abrazarme.
Me aparté fingiendo cansancio.
—Los médicos creen que fue una infección extraña. Va a quedarse dos días en terapia.
Vi algo espantoso en sus ojos.
Alivio.
Si creía que nadie sospechaba un ataque, todavía se sentía seguro.
—No te culpes —dijo acariciándome la mano—. Lo importante es que Emiliano está vivo.
Su celular comenzó a vibrar.
Miró la pantalla.
Su rostro perdió todo color.
Se alejó para contestar.
Cinco minutos después regresó convertido en otro hombre.
—¿Tú hablaste con el banco?
—Sí.
—¡Congelaron las líneas de crédito! ¡Los proveedores no pueden cobrar! ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?
Me sujetó de la muñeca.