—Rodrigo —dije mirándolo fijamente—. Me estás lastimando.
Me soltó de inmediato.
Había demasiados testigos.
—Estoy protegiendo el patrimonio de Emiliano —continué—. Si tu empresa cae, no pienso permitir que arrastre también la casa, mis propiedades y el futuro de nuestro hijo.
Rodrigo me observó durante varios segundos.
Finalmente pareció aceptar mi explicación.
Pero detrás de su miedo apareció algo mucho más peligroso.
Desesperación.
Su imperio estaba quedándose sin dinero.
Los acreedores lo buscaban.
El seguro no había pagado.
Y Emiliano seguía vivo.
Rodrigo todavía creía que podía arreglarlo.
Lo que ignoraba era que, mientras discutía conmigo, la policía ya estaba buscando la sustancia, los documentos falsificados y a la persona que había ayudado a Beatriz.
Y al día siguiente apareció una mujer en el hospital con una fotografía que podía enviarlos a los dos a prisión.