“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

—Todavía podemos detener esto —dijo él.

—No.

—Tienes derecho a tener miedo.

—Claro que tengo miedo. Me desperté en un ataúd, Tomás. Desde entonces entendí que el miedo no desaparece. Solo decides quién manda: él o tú.

Tomás no respondió.

Le puso una chamarra sobre los hombros.

—Entonces no te separas de mí.

Héctor llegó poco después de la medianoche.

Saltó la pequeña cadena de una entrada lateral y avanzó con una linterna. Conocía la ubicación de la tumba. Había estado ahí dos veces durante la semana, tratando de convencerse de que nadie podía salir de debajo de casi dos metros de tierra.

Pero esa noche llevaba una pala.

Si alguien había sacado el celular, encontraría la prueba.

Si el ataúd seguía cerrado, entonces aceptaría que se estaba volviendo loco.

Comenzó a cavar.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *