“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

—Fue Lorena.

Adriana sintió algo quebrarse dentro de ella. Durante años había compartido una cama con ese hombre. Le había pagado estudios, le había dado un puesto, lo había presentado como socio cuando en realidad no confiaba en él para cerrar un balance. Y ahora, al verlo cubierto de tierra, no sintió amor, ni odio.

Sintió claridad.

—¿Lorena preparaba el té que me dabas en casa?

Héctor tragó saliva.

—Ella consiguió las cosas.

—¿Pero tú me las dabas?

—Yo… yo no quería que sufrieras.

Adriana soltó una risa breve, incrédula.

—Me enterraste viva.

—¡El médico dijo que estabas muerta!

Si el ataúd seguía cerrado, entonces aceptaría que se estaba volviendo loco.

Comenzó a cavar.

La tierra húmeda se pegaba a sus zapatos. Cada ruido lo hacía voltear. El viento movía las coronas secas y los árboles proyectaban sombras largas sobre las lápidas.

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