“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

A veces, la verdadera justicia es sobrevivirles, recuperar tu voz y construir una vida en la que ya no tengan ningún lugar.

—Porque tú le pagaste.

Héctor se llevó las manos a la cabeza.

—No tenía opción. Ibas a descubrir los movimientos de dinero. Ibas a correrme. Me ibas a dejar sin nada.

—¿Y por eso decidiste matarme?

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