—Sí.
—¿Por qué?
Ella contempló su propio nombre.
—Porque esa mujer sí murió aquí.
Tomás guardó silencio.
Adriana sonrió.
—La que confiaba sin preguntar. La que confundía amor con aguantar. La que pensaba que ser fuerte significaba cargar con todos. Esa mujer no salió del ataúd.
—¿Y quién salió?
Adriana tomó su mano.
—Alguien que por fin entendió que una segunda oportunidad no sirve para volver a la misma vida.
Antes de marcharse, dejó sobre la tumba una taza de té vacía.
No como recuerdo de Héctor.
Como recordatorio de ella misma.
De escuchar su intuición.
De no ignorar las señales.
De entender que ninguna casa, matrimonio, empresa o apellido vale más que la propia vida.
Y cuando se alejó del panteón donde todos creyeron que había terminado su historia, Adriana comprendió que, a veces, la justicia no consiste solamente en ver caer a quienes te hicieron daño.