—Te ves raro sin la barba de guardián de cementerio.
—Y tú te ves rara sin maquillaje de muerta vengativa.
Ella soltó una carcajada.
Durante meses no hablaron de amor.
No hacía falta.
Tomás estuvo ahí durante las audiencias, pero nunca intentó decidir por ella. Diego la ayudó a recuperar sus sistemas, pero jamás le pidió nada a cambio. Poco a poco, Adriana entendió algo que nunca había aprendido en su matrimonio: sentirse cuidada no debía significar sentirse controlada.
Un año después, regresó al panteón.
No para llorar.
Fue hasta la tumba que todavía conservaba su nombre porque había decidido no retirar la lápida.
Tomás caminaba a su lado.