“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

Algunos lloraron.

Adriana miró la mesa donde meses atrás había dirigido su última reunión y respiró profundamente.

—No volví para fingir que nada pasó —dijo—. Volví para asegurarme de que nadie vuelva a tener tanto poder sobre mi vida como para decidir cuándo termina.

Reestructuró la empresa, reforzó los controles internos y creó un programa de apoyo para empleados que enfrentaran violencia familiar.

Después hizo algo que sorprendió a todos.

Vendió la casa de Lomas.

—¿Después de todo lo que invertiste ahí? —preguntó Diego.

Adriana sonrió.

—Hay casas que cuestan dinero. Otras cuestan paz. Esa me estaba saliendo demasiado cara.

Con el tiempo, Tomás volvió al sector salud. Una universidad le ofreció incorporarse a un programa de formación en urgencias prehospitalarias después de que su antiguo caso laboral fue revisado y quedó claro que había sido despedido injustamente.

Adriana lo acompañó el primer día.

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