“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

La parte más dolorosa no fue saber que habían querido matarla.

Fue descubrir con qué normalidad hablaban de su muerte.

Como si ella fuera una cuenta pendiente.

Como si su vida fuera un trámite.

Héctor intentó culpar a Lorena.

Lorena intentó culpar a Héctor.

Los mensajes demostraron que ambos habían participado.

Él recibió una condena de más de veinte años por la tentativa de homicidio y delitos relacionados con el fraude y la manipulación de pruebas. Lorena recibió una pena menor, pero también larga, por su participación directa. El médico enfrentó un proceso separado por falsedad, encubrimiento y violaciones profesionales.

El fideicomiso de Adriana funcionó exactamente para lo que había sido diseñado: preservar la empresa mientras ella no podía defenderse.

Cuando reapareció oficialmente ante el consejo directivo, nadie aplaudió al principio.

Todos se quedaron de pie, en silencio.

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