Le conté a todos que me marchaba del país durante cinco años.
A mis padres.
A mis profesores.
A mis compañeros.
Incluso al portero de mi edificio.
A la única persona a la que no se lo dije fue a Adrián.
Lucía vino al aeropuerto a despedirme.
Miró varias veces alrededor, como si esperara encontrarlo corriendo entre la multitud.
—¿De verdad no vas a decirle nada?
Negué.
—No.
—Elena, llevan juntos prácticamente toda la vida.
—Llevábamos.
Lucía suspiró.
—¿Vas a tirar veinte años por una sola frase?
La miré.
—Sí.
—¿Una sola?
Sonreí.
—Hay frases que tardan tres segundos en pronunciarse y veinte años en destruir.
Conocí a Adrián Salvatierra antes de saber pronunciar su apellido.
Nuestras familias vivían en casas contiguas.
Mi madre decía que, cuando apenas había aprendido a caminar, yo cruzaba tambaleándome el jardín para buscarlo.