“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

Los juicios duraron un año y dos meses. Víctor era asqueroso en las audiencias. Llegaba con trajes de cuarenta mil pesos, gritando a los cuatro vientos que él había tenido que “rescatar” la empresa porque yo me había vuelto un “inválido mental” que no sumaba dos más dos. Me miraba con asco. Y yo lo miraba a él, y extrañamente, ya no sentía nada. Ni rabia. Entendí que las basuras como él nunca se ven a sí mismos como los villanos; en su podrida cabeza, todo está justificado. Se decía a sí mismo que el pez grande se come al chico.

Pero en los tribunales lo hicimos pedazos. Los contratos de arrendamiento de equipo se declararon nulos por fraude con partes afiliadas. El juez de lo mercantil ordenó el embargo precautorio y la devolución inmediata de toda la maquinaria pesada, más una indemnización brutal por daños y perjuicios. Cuando vio que la orden de aprehensión por fraude penal era inminente, Víctor se quebró como un cobarde. Lloró pidiendo un acuerdo reparatorio. Devolvió todo el equipo, pagó hasta el último centavo robado.

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