Luego vino el golpe maestro. Recordé que tres años atrás, hartos del robo de diésel, le instalamos sistemas de rastreo GPS ocultos a toda nuestra maquinaria pesada. Víctor era un inútil para la tecnología, jamás se acordó de eso, y yo era el único con las contraseñas del servidor. Abrí el sistema. Ahí estaban. Mis excavadoras, mis grúas, trabajando impunemente en los nuevos desarrollos residenciales de Víctor.
Ana, usando sus contactos de pacientes agradecidos, me consiguió a un abogado, esposo de una niña a la que le salvó la vida. Un litigante corporativo, un tiburón de tribunales. Vio la carpeta que armé, soltó un chiflido y me dijo: “Ingeniero, con estos papeles, no solo lo vamos a dejar en calzones; si no nos regresa todo, lo meto al penal de Apodaca por fraude corporativo y asociación delictuosa”.