Todas las tardes salimos a caminar al parque Rufino Tamayo, agarrados de la mano, porque el cardiólogo nos lo exige. Y a veces platicamos de cómo a los hombres de nuestra generación en México nos educaron bajo una mentira terrible: nos hicieron creer que solo nos aman por lo que proveemos, por ser fuertes, por ser la cartera que paga, por aguantar los golpes en silencio y construir castillos para otros. Yo me creí ese cuento. Y cuando mis muros se cayeron y mi cartera se vació, la mujer que juró amarme me trató como basura.
Pero la verdad pura, la magia real de esta vida, ocurre ahí donde se acaba el dinero y el machismo. Ocurre en una camilla fría de hospital, con una bata transparente, donde eres totalmente indefenso ante la eternidad. Resulta que sí, que hay alguien que puede amarte simplemente por existir, por el valor de girar la cabeza cuando todo está perdido y decidir no rendirte.