Ella me miró fijamente. No había ira, ni tristeza, ni una sola lágrima en sus ojos perfectamente delineados. Solo había un cansancio frío y calculador.
—Pablo, entiéndeme bien, por favor. Tengo 37 años. No tengo los recursos emocionales, ni la vocación, para sentarme al lado de un hombre inválido. Yo no firmé para cambiar pañales de adulto, ni para empujar una silla de ruedas por el resto de mi vida. Lo siento.
Se dio la vuelta y se alejó. El repiqueteo de sus tacones caros resonaba contra los azulejos del pasillo: doce pasos exactos hasta la puerta blanca. La vi alejarse y noté cómo dudó un segundo justo en la salida. Hasta el día de hoy no sé por qué lo hizo. Tal vez sintió una punzada de culpa cristiana, o tal vez solo estaba revisando en su bolso para asegurarse de que no había olvidado las llaves de su camioneta de lujo. Y entonces, pasó algo que jamás esperé de mí mismo.