No lloré. No le grité maldiciones. No caí en la desesperación ni rogué que se quedara. Me reí.
Una carcajada burbujeó en algún lugar de mi garganta, seca, áspera y rasposa. Estaba ahí tirado, con un estúpido gorrito de papel, a una hora de que me abrieran el cráneo con una sierra. El día anterior, el cirujano me había dicho honestamente que las posibilidades de no despertar, o de quedar en estado vegetativo, eran del 20%. Y justo un minuto antes de asomarme a este abismo, la mujer que amaba me trae los papeles del divorcio. Nunca en mis 45 años de vida había existido una situación tan trágica, cómica y absurda.
Giré la cabeza hacia la derecha. A unos setenta centímetros de mí, en la siguiente camilla, había una mujer. Tenía unos cincuenta años. Su cabello estaba pulcramente escondido bajo un gorro igual de ridículo que el mío. Estaba absolutamente inmóvil, mirando al techo con una serenidad pasmosa, pero a juzgar por la expresión de su rostro, había escuchado cada una de las palabras. Sí, la verdad es que todo el pasillo lo había escuchado.