“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

Me aclaré la garganta y le dije, mirando su perfil:

—Señora, si hoy no me cortan la mitad del cerebro y logro salir vivo de esta, le juro que me caso con usted. ¿Acepta?

No van a creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

La mujer en la camilla contigua giró la cabeza lentamente hacia mí. Tenía unos ojos sorprendentemente tranquilos, profundos, los ojos de una persona que ya lo había visto absolutamente todo en esta vida. Me miró de arriba abajo, sonrió levemente solo con las comisuras de los labios, con una calma que me heló la sangre, y respondió:

—Acepto.

Un par de segundos después, una enfermera apareció apresuradamente junto a nuestras camillas. Se inclinó sobre mí para revisar los catéteres intravenosos de mis brazos, y de repente me susurró al oído, rápido y con una especie de horror reverencial:

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