ntht/ En su cumpleaños número 50, mi esposo apartó mi plato delante de 80 invitados y gritó: “¡Siéntate y come mientras yo te mantenga!”. Mi suegra aplaudió y todos se rieron. Yo doblé la servilleta y fui con la administradora. Nueve minutos después, empezaron a retirar la cena. Él todavía no sabía quién la había pagado.

—¡Pues confírmelo! ¡Dinero es lo que sobra!

La administradora hizo una llamada.

Poco después regresó.

—Podemos ofrecerle un servicio reducido, sujeto a pago inmediato.

—¡Perfecto!

Pidió que llevaran la terminal al centro del salón.

Quería que todos presenciaran su demostración de poder.

Se acomodó el saco y acercó la tarjeta al aparato.

Sonó un pitido.

Operación rechazada.

Arturo frunció el ceño.

Volvió a acercarla.

Otro pitido.

Operación rechazada.

—¡Su terminal no sirve!

Lorena intentó nuevamente siguiendo el procedimiento del banco.

El resultado fue el mismo.

—Señor Arturo, la operación no está autorizada. Tendrá que utilizar otro medio de pago.

Mi esposo buscó en su cartera.

Sacó otra tarjeta, la observó y volvió a guardarla.

Era una de sus antiguas tarjetas, sin crédito disponible.

Empezaron los murmullos.

—¿No tiene dinero?

—¿No que pagaba todo?

—Qué vergüenza.

Arturo levantó la cabeza y me miró.

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