Sus ojos se estrecharon.
—Tú hiciste algo.
No dije nada.
—¡Tú bloqueaste mi tarjeta!
—Sí.
—¡No tienes derecho a tocar mi dinero!
Lo miré tranquilamente.
—Arturo, esa tarjeta nunca estuvo vinculada a una cuenta tuya.
Se hizo un silencio extraño.
—¿Cómo que no?
—Es una tarjeta adicional de mi línea bancaria. Yo soy la titular y he pagado sus estados de cuenta durante ocho años.
Mi esposo abrió la boca.
Por primera vez en mucho tiempo no encontró una frase con la que ridiculizarme.
—Estás mintiendo.
Abrí mi bolso.
Saqué la carpeta verde.
—Entonces vamos a revisar los números.
Le pedí el micrófono a Lorena.
Subí al pequeño escenario.
La mayoría de los invitados seguía allí, mirando con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
Apreté el micrófono con ambas manos.
—Buenas noches. Les pido unos minutos. Ya que mi esposo decidió convertir mi supuesto fracaso en el espectáculo de su cumpleaños, creo que merecen conocer la otra parte de la historia.