Pero para comprender cómo llegamos hasta allí, tengo que regresar muchos años.
Conocí a Arturo cuando tenía veinticuatro. Él trabajaba como mecánico y soñaba con abrir su propio taller. Yo era contadora en una empresa de transporte.
Nos casamos un año después, bajo el régimen de separación de bienes, porque Arturo insistía en que cada quien debía conservar lo suyo.
Al principio éramos felices. Nació nuestro hijo Daniel y compramos nuestros primeros muebles a crédito.
Todo cambió cuando me ascendieron a contadora general.
Mi sueldo se triplicó.
Llegué emocionada, llevando un pastel para celebrar.
Arturo escuchó la noticia sin sonreír.
—¿Ahora resulta que ganas más que yo? ¿Quieres hacerme quedar como un mantenido?
Antes de que pudiera responder, tiró el pastel al suelo.
Pasó tres días sin dirigirme la palabra.
Al cuarto, cometí el error que marcaría nuestro matrimonio: le mentí. Le dije que el aumento había sido pequeño y que él seguía siendo nuestro principal sostén.