Arturo volvió a abrazarme.
Desde entonces escondí mis ascensos.
Con los años llegué a ser directora financiera de una importante transportista. Ganaba varias veces más que él, pero en las reuniones familiares seguía siendo, según sus palabras, una simple empleada que acomodaba facturas.
Mientras tanto, su taller acumulaba deudas.
Yo pagaba discretamente a proveedores, cubría gastos de la casa y completaba las mensualidades del departamento que habíamos comprado en Juriquilla.
Arturo apenas aportaba una cuarta parte de la hipoteca.
Sin embargo, todos escuchaban la misma historia:
—Esta casa existe gracias a mí. Yo mantengo a todos.
Su madre me llamaba aprovechada.
Su hermana aseguraba que yo vivía cómodamente a costa de Arturo.
Y yo guardaba silencio.
Hasta que, pocas semanas antes de su cumpleaños, recibí una notificación bancaria.
Arturo acababa de comprar una joya carísima.
No era mi cumpleaños ni nuestro aniversario.