Aquella noche descubrí una fotografía en las redes sociales de su taller.
La nueva recepcionista, una muchacha de veintiséis años llamada Ximena, aparecía sonriendo junto a un automóvil.
En su muñeca brillaba exactamente el brazalete que mi esposo acababa de comprar.
Y lo más indignante era que aquella joya había sido pagada con mi propio dinero.
PARTE 2
Me quedé mirando la fotografía durante varios minutos.
El brazalete era de oro, con pequeñas piedras incrustadas en forma de hojas. Busqué el modelo en internet y encontré el precio exacto de la compra registrada en mi cuenta.
No había ninguna duda.
Ocho años atrás, cuando las deudas de Arturo comenzaron a destruir su historial crediticio, le había conseguido una tarjeta adicional vinculada a mi línea bancaria.
Él presumía aquella tarjeta negra frente a sus amigos.
Nunca se preocupó por averiguar quién pagaba sus gastos.