ntht/ En su cumpleaños número 50, mi esposo apartó mi plato delante de 80 invitados y gritó: “¡Siéntate y come mientras yo te mantenga!”. Mi suegra aplaudió y todos se rieron. Yo doblé la servilleta y fui con la administradora. Nueve minutos después, empezaron a retirar la cena. Él todavía no sabía quién la había pagado.

Y ahora la había utilizado para comprarle una joya a otra mujer.

Al día siguiente me entregó la lista de invitados de su cumpleaños.

—Quiero ochenta personas. Nada de fiestas corrientes. Voy a celebrar mis cincuenta como un empresario de verdad.

Al final de la lista aparecía Ximena.

—¿También viene tu recepcionista?

—Es una excelente empleada. Siéntala cerca del escenario.

No discutí.

La coloqué en la segunda mesa.

Una semana después, mi suegra apareció en nuestra casa, abrió mi clóset sin permiso y eligió un vestido gris.

—Ponte este para la fiesta. No quiero que una mujer de tu edad intente robarle protagonismo a mi hijo.

Aquella tarde compré un vestido rojo vino, elegante y de hombros descubiertos.

Cuando Arturo lo vio, soltó una carcajada.

—¿Con qué dinero compraste eso? ¿Con el que yo te doy?

—Con mi sueldo.

—No te confundas, Elena. Todo lo que tienes existe porque yo te mantengo.

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