No respondí.
El lunes siguiente visité a Verónica, una abogada y amiga de muchos años.
Le mostré el contrato del salón de eventos.
Arturo había elegido los platillos más caros, contratado músicos, solicitado bebidas importadas y ordenado un pastel enorme con su fotografía.
Pero, como siempre despreciaba los documentos, me había dejado firmar a mí.
Verónica revisó las cláusulas.
—Elena, tú eres la única contratante. El anticipo cubre el salón, el servicio inicial y las entradas. La cena principal necesita tu autorización y un segundo pago. Además, puedes dar por terminado el evento.
La administradora me había explicado que necesitaban nueve minutos para suspender la cocina y organizar el cierre.
Nueve minutos.
Verónica también me aconsejó reunir todos los comprobantes de nuestros gastos y propiedades.
Compré una carpeta verde.
Guardé los pagos de la hipoteca, los recibos de los implantes dentales de mi suegra, las colegiaturas de mi sobrino, las deudas del taller y los estados de cuenta.