Mi esposo escondió la tarjeta en el bolsillo.
—Y, por cierto, el traje que lleva puesto esta noche también fue comprado con ella.
Uno de sus amigos bajó lentamente la copa.
—¿Es en serio, Arturo?
Mi esposo no respondió.
—Tercero, nuestra casa.
Saqué la constancia de propiedad y los comprobantes bancarios.
—Vivimos en un departamento de Juriquilla. Lo compramos hace doce años, bajo un crédito contratado a mi nombre. Arturo aportaba una parte de la mensualidad. Yo cubría el resto.
Hice una pausa.
—Hace dos semanas liquidé el saldo pendiente con mi bono de trabajo. La propiedad está a mi nombre y ya no tiene hipoteca.
Arturo palideció.
—¡Esa casa también es mía!
—Firmamos separación de bienes cuando nos casamos, ¿recuerdas? Tú mismo quisiste que cada uno conservara sus propiedades. La documentación está en regla.
Le mostré la constancia.
—No pretendo resolver aquí ninguna cuestión legal. Pero tampoco voy a seguir permitiendo que me llames arrimada en una vivienda que he pagado principalmente con mi trabajo.