Mi esposo dio un paso hacia el escenario.
—¡Ya basta, Elena! ¡Me estás destruyendo delante de todos!
Lo observé unos segundos.
—No, Arturo. Yo no estoy destruyendo nada. Tú llevas años destruyendo nuestro matrimonio cada vez que me humillas, cada vez que te burlas de mi trabajo y cada vez que utilizas mi esfuerzo para presumir un éxito que no es tuyo.
Bajó la mirada.
—Era una broma…
—Veintidós años de bromas, Arturo.
Respiré profundamente.
—Dijiste que me sentara a comer mientras tú me mantuvieras. Pero durante todos estos años he contribuido a mantener nuestra casa, a nuestro hijo, a tu madre, a tu hermana, a tu sobrino y hasta tu negocio.
Apreté la carpeta contra mi pecho.
—No me arrepiento de haber ayudado. Me arrepiento de haber permitido que confundieran mi generosidad con una obligación y mi silencio con debilidad.
Volví a mirar a los invitados.