Primero pidió perdón.
Después me acusó de haberlo humillado innecesariamente.
Finalmente aseguró que todo había sido culpa de su madre y de la presión de sus amigos.
No acepté ninguna de esas excusas.
Iniciamos el divorcio con asesoría legal. Revisamos nuestras propiedades, obligaciones y aportaciones conforme al régimen matrimonial que habíamos elegido.
No fue un proceso inmediato ni completamente agradable, pero logramos llegar a un acuerdo sin convertir cada audiencia en otra guerra.
El departamento permaneció a mi nombre. Arturo retiró sus pertenencias y se mudó temporalmente con Beatriz.
Su taller cerró unos meses después.
Yo no celebré ese fracaso.
Hubiera preferido que el negocio prosperara gracias a su trabajo, no gracias a mis pagos silenciosos.
Ximena renunció poco después del cumpleaños.
No sé si continuaron viéndose.
Y, sinceramente, dejó de importarme.
Mi suegra me llamó una tarde porque necesitaba reparar una de sus coronas dentales.