—Elena, tú conoces a los doctores de la clínica. ¿Podrías ayudarme con el dinero?
La escuché tranquilamente.
—Doña Beatriz, puedo darle el teléfono del consultorio. Pero el tratamiento tendrá que pagarlo usted.
—¿Y Arturo?
—Eso debe hablarlo con su hijo.
Colgué sin discutir.
Diego, en cambio, siguió visitándome.
Decidí continuar apoyándolo con sus colegiaturas, siempre directamente a la universidad y con límites claros.
No porque tuviera una deuda con Patricia.
Sino porque el muchacho había demostrado que la gratitud y el valor no dependen de la educación recibida en casa.
Un domingo llegó con un pequeño ramo de flores.
—Tía, algún día voy a devolverle todo.
Le acaricié la mejilla.
—No tienes que devolverme dinero, Diego. Solamente prométeme que nunca vas a humillar a la persona que te ayude a salir adelante.
—Se lo prometo.
Daniel regresó a Querétaro durante las vacaciones.