PARTE 3
—¿A dónde crees que vas? ¡Siéntate y come mientras yo te mantenga, inútil!
Arturo empujó mi plato con tanta brusquedad que una copa se tambaleó sobre la mesa.
—¡Aquí las decisiones las tomo yo! ¡Tú no eres nadie para dar órdenes!
Durante un segundo permanecí inmóvil.
Ochenta personas estaban frente a nosotros.
Algunas comenzaron a reír inmediatamente. Otras se miraron con incomodidad, esperando que alguien explicara que aquello era una broma.
Pero mi suegra no tenía ninguna duda.
—¡Así se habla, hijo! —exclamó Beatriz, aplaudiendo—. ¡Ya era hora de que pusieras en su lugar a esta aprovechada!
Patricia soltó una carcajada.
—¡Eso te pasa por querer aparentar que eres la señora importante!
Arturo disfrutaba cada segundo.
Se acomodó el saco nuevo, levantó su copa y miró a sus amigos como un rey satisfecho de su propia autoridad.
Yo observé mi plato.
No había probado siquiera la entrada.