Recordé las muchas ocasiones en que había preparado cenas después de jornadas agotadoras, mientras Arturo criticaba la comida.
Recordé las noches trabajando en estados financieros para conseguir bonos con los que pagaba las deudas de su negocio.
Recordé los cumpleaños en que regalaba joyas a su madre, bolsas a su hermana y a mí me entregaba una sartén, asegurando que eso era lo que merecía una buena esposa.
Y recordé a Daniel.
Prométeme que esa vez no vas a sonreír.
Esa noche cumplí mi promesa.
Doblé cuidadosamente la servilleta, la dejé junto al plato y me levanté.
—¿Ahora qué? —preguntó Arturo—. ¿Vas a llorar al baño?
No respondí.
Tomé mi bolso y caminé hacia el mostrador de la administradora.
Escuché otra carcajada a mis espaldas.
—Déjenla —dijo mi esposo—. En cinco minutos regresa. ¿A dónde va a ir si no tiene quién la mantenga?