Me senté en el piso y lloré.
Camila salió lentamente de su habitación.
—¿Papá se fue por mi culpa?
Aquella pregunta me rompió más que cualquier insulto.
La abracé.
—No, mi amor.
—¿Porque dije lo de mis zapatos?
—Tampoco.
Le levanté la cara.
—Tu papá se fue porque los adultos tomamos decisiones. Tú nunca eres responsable de los problemas entre nosotros.
Camila asintió, aunque todavía estaba triste.
Aquella noche cenamos quesadillas porque yo no tenía fuerzas para cocinar.
Después nos acostamos juntas.
Por primera vez en muchos años no escuché a nadie quejarse porque la cena era demasiado sencilla.
Los días siguientes fueron difíciles.
Andrés llamó decenas de veces.
Primero estaba furioso.
Después amenazó con demandarme.
Luego dijo que regresaría porque “también era su casa”.
Cuando mi abogada habló con él, cambió de tono.
Finalmente empezó a pedir perdón.