—Llamar a la policía si ustedes no salen de mi casa.
Graciela soltó una carcajada.
—A ver si te atreves.
—Ya hablé con una abogada el sábado.
La sonrisa se le borró.
Andrés me miró como si tuviera enfrente a una desconocida.
Y quizá era cierto.
La Natalia que aguantaba todo por miedo a destruir su familia ya no existía.
—Tienes veinte minutos para recoger tus cosas —le dije—. Y será mejor que lo hagas rápido, porque hay algo más que descubrí cuando fui al banco.
Andrés dejó de respirar por un segundo.
Su madre también.
Ninguno de los dos imaginaba que aquella boda estaba a punto de costarles mucho más que 65,000 pesos.
PARTE 3
Andrés cerró la puerta de la recámara detrás de nosotros.
—¿Qué descubriste?
Por primera vez no estaba enojado.
Estaba asustado.
Saqué del bolsillo una hoja que me habían entregado en el banco.
Durante meses yo había supuesto que Andrés simplemente gastaba casi todo su sueldo antes de llegar a casa. Siempre decía que el mantenimiento de su camioneta era caro, que la gasolina había subido o que en el taller donde trabajaba le descontaban herramientas y uniformes.
Pero mientras cambiaba mis ahorros de cuenta pregunté por varios movimientos que no reconocía.
No habían salido de mis 65,000 pesos, porque ese dinero estaba en un apartado separado.
Habían salido de la cuenta donde depositábamos para los gastos mensuales.
Cada quincena Andrés transfería cantidades pequeñas a su mamá.
Mil pesos.
Mil quinientos.
Dos mil.
A veces tres mil.
En los últimos diez meses habían sido casi 24,000 pesos.
—Mientras yo limpiaba pisos después de trabajar ocho horas en la fábrica, tú le mandabas dinero a tu mamá —le dije—. ¿Para qué?
Andrés bajó la mirada.
—Ella tenía gastos.
—¿Qué gastos?
No respondió.
Graciela, que seguía escuchando desde el pasillo, intervino.
—No tienes derecho a cuestionar lo que un hijo le da a su madre.
—Sí tengo derecho cuando ese dinero debía pagar comida, luz y zapatos para nuestra hija.
Fernanda comenzó a ponerse nerviosa.
—Mamá, vámonos.
Eso me llamó la atención.
—¿Por qué tanta prisa?
Nadie contestó.
Miré otra vez los movimientos.
Finalmente entendí.
Una de las transferencias tenía como referencia “Jardín”.
Otra decía “foto”.