—¿Señora Teresa? ¿Me escucha?
Yo reaccioné primero.
—Licenciado Medina, soy Mariana Ortega, propietaria del inmueble. La señora Teresa no puede atenderlo en este momento. Cualquier asunto relacionado con mi casa deberá tratarse por la vía correspondiente y con conocimiento de mi abogado.
Colgué.
Daniel seguía mirando a su madre.
Nunca había visto su rostro así. Parecía un niño al que acababan de romper una verdad de toda la vida.
—¿Ibas a demandar a Mariana? —preguntó.
Teresa apretó las manos.
—No era así.
—Acabamos de escucharlo.
—Yo solo quería protegerme.
—¿Con nuestro dinero?
La pregunta salió de la boca de Daniel, no de la mía.
Eso cambió la habitación. Durante años yo había sido “la exagerada”. Ahora los números estaban frente a él.
118,600 pesos.
Veintitrés meses de movimientos.
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