Teresa comenzó a llorar.
Esta vez Daniel no se acercó a abrazarla.
—¿Por qué, mamá?
Ella tardó en responder.
Cuando lo hizo, su voz ya no tenía el tono autoritario de siempre.
—Porque tengo miedo.
Nos contó algo que yo conocía a medias. Tras la muerte de su esposo, Teresa cedió su departamento a un sobrino que prometió cuidarla. Él se quedó con la propiedad y después dejó de ayudarla. Antes había pasado años en casas que nunca sintió suyas.
—Toda mi vida he sentido que alguien puede decirme “vete” —dijo—. Cuando llegué aquí y vi que la casa era solo de Mariana, pensé que un día podía echarme y yo volvería a quedarme sin nada.
—Nunca te dije que te fueras —respondí.
—Pero podías hacerlo.
—Sí. Porque es mi casa.
Se estremeció al escuchar esas palabras.
Yo continué:
—Y en vez de hablar conmigo, decidiste convertir mi ayuda en una amenaza contra mí. Viviste aquí sin pagar renta. Usaste nuestra cuenta. Decidiste sobre mi cocina. Humillaste a mi hija. Y mientras yo intentaba entender tu miedo, tú estabas pagando a un abogado para prepararte contra mí.