Entonces Noah gritó. No fue un grito cualquiera. Fue un alarido ronco, desgarrado, el mismo sonido que yo escuchaba en mis pesadillas desde la noche
de la explosión. Su cuerpecito se arqueó, las manos le temblaban, y de su garganta salió una palabra rota: “¡Mamá!”. Me levanté de un salto, con la pistola en alto, listo para correr por el pasillo y destrozar la puerta si hacía falta. Pero algo en la pantalla me clavó los pies al suelo.
Emma no se asustó. No pidió ayuda ni lo sacudió para despertarlo. Se acercó y lo envolvió con los brazos, apretándolo contra su pecho con una firmeza tierna, y empezó a hablarle muy cerca del oído. El micrófono apenas captaba su voz. —Estoy aquí, Noah. Estás en tu cuarto. Ya pasó. Nadie te va a hacer daño. Respira conmigo. Uno… dos… tres. Mi hijo sollozaba con la cara hundida en su hombro, aferrado a ella como un náufrago a un pedazo de madera.